La Escuela del siglo XXI (2)

Tras terminar el libro me he llevado una gran sorpresa al comprobar, casi 100 años después, que muchos de los problemas educativos que plantea el libro, y la mayoría de las soluciones pedagógicas (las tecnológicas  no, por razones evidentes) fueron ya planteadas a principios del siglo XX por una serie de teóricos y maestros de escuela.Resultado de imagen de CHESTERTON

La gran diferencia es que, en lugar de que se les pagaran por elaborar esos estudios, en lugar de basar sus investigaciones en multitud de datos recopilados y analizados por algoritmos informáticos (algo que parece ser prueba irrefutable de que son ciertos o que tienen algún rigor científico), llegaban a las mismas conclusiones que muchos ejemplos del libro utilizando lo que se podría denominar “sentido común”.

Sin ir más lejos, G. K. Chesterton, un escritor e intelectual de finales del siglo XIX y principios del XX, despotricaba, en el siglo XIX,  contra lo que aún seguimos llamando “escuela tradicional” (cuando deberíamos decir escuela programada según el pensamiento ilustrado). Para él , la escuela tal y como estaba planteada no enseñaba a vivir su existencia de forma plena (que según él debía ser el objetivo de todo hombre) y sin embargo distraía la atención del alumno de cuestiones mucho más transcendentes. Para él, lo que se aprendía en el hogar solía tener mucha mayor relevancia que lo aprendido en la escuela, que pronto era olvidado si no se le daba un uso práctico.

Para Chesterton el arte de educar debía ir más ligado a saber narrar, a saber contar historias con moraleja, que enseñaran a los alumnos (se refería sobre todo a los niños de entre 3 y 13 años) la bases de la cultura a la que pertenecían, para que se integraran mejor y para que sacaran una enseñanza práctica de cada historia, que les ayudase a formar su carácter y educar sus afectos, que es lo verdaderamente importante. Para ello, el Estado debía entrometerse poco o nada en la educación, ya que era algo propio de las familias, y por tanto, el Estado no era quién para meterse en cómo debía yo educar a mis hijos.Resultado de imagen de CHESTERTON

Bien, más de cien años después, el panorama ha cambiado. Las familias ya no protestan ante la intromisión del Estado en la educación de sus hijos, más bien han delegado la educación de sus hijos (la personal y la académica) en las escuelas y sus profesores. Como los padres han claudicado a la hora de ejercer sus responsabilidades como padres, se sienten incapaces de exigir a sus hijos las responsabilidades que tienen ellos, las propias de los hijos. Y sin responsabilidad personal la sociedad no puede vivir plenamente en libertad, pues es esclava del capricho irresponable de unos adolescentes continuos. Este complejo asunto, que vemos día tras día en la calle es lo que de verdad debe preocuparnos: sin responsabilidad personal por cumplir con nuestras obligaciones (con nuestrso hijos, con la sociedad y con los demás) no podremos cambiar nada, porque educar lleva consigo la implicación personal del que educa y del que aprende, y muchas veces sólo se consigue una de ellas.

Las teorías pedagógicas están muy bien en el plano teórico, pero muchas veces el implantarlas no nos va a ayudar más que las “antiguas” en nuestra tarea de educar. Si no tenemos claro antes qué tipo de alumno queremos que salga de nuestra clase terminado el curso, no podremos acercarnos a formar la inteligencia con suficiente eficacia, ya que es una parte fundamental de la persona y necesita que formemos también el resto.

La Escuela del Siglo XXI (1)

Inicio aquí una serie de entradas sobre el modelo educativo del siglo XXI, que tanto se está trayendo y llevando en estos últimos meses a raíz de que el PP se haya bajado los pantalones y haya comprado un buen tarro de vaselina, a la espera de consensuar sus propuestas en materia educativa para crear una Ley educativa que parta de acuerdos con el resto de fuerzas y llegue a tener más vida útil que la LOMCE. Es decir, otro despropósito más… 

Aquí aporto mi particular visión sobre estos temas, que son perfectamente opinables, y en los que es normal que haya discrepancias, que debemos respetar y contrargumentar. Allá vamos:

En los inicios del siglo XXI nos hemos ido dando cuenta de que el intento de imponer a todos una uniformidad en todos los ámbitos sociales lleva a la discriminación pasiva, a la intolerancia y a la represión de la disidencia. El origen de esto es el modelo liberal surgido en la Ilustración, que ha buscado suprimir lo distinto, las particularidades, la búsqueda de diversas soluciones posibles para un mismo problema, queriendo imponernos un único modelo (el suyo, casualmente).

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Si esto se aplica a la educación, se aprecia claramente esta imposición de un modelo educativo único, que no respeta ni potencia las particularidades de los alumnos, que busca que todos tengan las mismas competencias/destrezas pero no permite que se alcancen esas competencias o destrezas mediante métodos adaptados a cada uno; que, en definitiva, no sabe qué es lo que quiere y va probando y probando sin conseguir nunca los resultados esperados, porque no da tiempo a que un modelo educativo se implante y desarrolle plenamente, ya que al poco tiempo (como mucho 10 años) el gobierno de turno decide cambiar la ley educativa.

Yo creo que efectivamente es bueno innovar, y buscar nuevas formas de que los alumnos aprendan; pero hay que tener muy claro, antes de meterse en estos asuntos, a dónde quiero llegar, qué quiero que aprendan, para qué quiero que aprendan eso, cómo lo voy a enseñar. Porque con la educación de los hijos de otros no se debe jugar. Decía mi abuelo que los experimentos se deben hacer con gaseosa. Creo que en el afán de innovar a veces no hay una idea clara de qué se busca conseguir o no se emplean métodos contrastados, lo que lleva a convertir a los alumnos en conejillos de indias de nuestros laboratorios educativos/ pedagógicos.

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No deja de ser llamativo que en el primer capítulo del libro ninguno de los ejemplos que han puesto se sirvan de las nuevas tecnologías para enseñar. No hablan de ordenadores, ni de móviles, ni de apps, ni de ppt, ni de prezi; si no de enseñar cosas que ya sabían y aprendieron sus abuelos, con menor tecnología a su alrededor. ¿No será que la tecnología y su uso en la innovación educativa se convierte habitualmente en una distracción? ¿en un obstáculo que impide un aprendizaje porque buscamos anular el esfuerzo personal del alumno, intentando suplirlo con medios técnicos?

Por eso, en este siglo XXI que estamos iniciando, nos hemos dado  cuenta que la educación personalizada es la educación que realmente es efectiva, que enseña, que educa, que forma a los ciudadanos y los habitantes del Mundo de mañana.Resultado de imagen de Innovación educativa

No podemos seguir anclados en los modelos heredados del marxismo y el liberalismo de los siglos pasados, porque sencillamente han fracasado. Es necesario potenciar modelos educativos alternativos, o que cuiden a la persona por encima del programa de contenidos que hay que impartir. La educación pública debe ser más plural, más diversa y más tolerante con otros modelos educativos; no restringiendo, por ejemlplo, los modelos de educación diferenciada o los modelos de educación por proyectos, o aquellos que buscan una formación integral de la persona (humana y del espíritu, que también hay que educarlo). Si la herencia liberal nos lleva a ser intolerantes con todo aquello que no es lo regulado y dictaminado por el Estado, con todo aquello que no es “el modelo oficial”, es que claramente necesitamos un cambio de paradigma. ¿Innovación? Para qué y por qué. Creo que se hace necesario cambiar el modelo de financiación de la escuela pública, tendiendo hacia el “cheque escolar”, de forma que cada familia elija la escuela y el modelo educativo que prefiera, sin que el Estado se entrometa, porque eso sí sería innovación: Que las familias de los alumnos pudieran escojer qué quieren que aprendan,  cómo quieren aprenderlo, y cómo quieren ser enseñados.

Habrá tema de debate para rato en estas semanas…

La muerte y el posmodernismo. Una reflexión en voz alta.

La muerte llega inmisericorde, sin avisar en muchos casos. Llega fría y letal. Transforma nuestras vidas al llevarse definitivamente a aquellos a los que queremos. La muerte es triste, nos libera de las únicas cadenas que voluntariamente deseamos: las del amor y el cariño.

Pero la muerte siempre nos da más de lo que nos quita (aunque pueda parecer lo contrario) pues nos hace plenamente conscientes de cuánto queríamos a la persona fallecida.

La muerte es una realidad fundamental para poder conocer la realidad del hombre. Ordena su vida, la determina y la orienta. Es por esto que una sociedad que huye de la realidad de que la vida tiene un final, es una sociedad enferma o una sociedad castrada intelectualmente. La sociedad posmoderna no quiere oir hablar de muerte, aunque por todos lados y a todas horas sabe que está presente. Es como esos chimpancés que ante el depredador se tapan los ojos con la absurda idea de que si ellos no le ven, entonces el depredador no les verá a ellos tampoco… Ridículo.

Actualmente se muestran muertes en todos los lugares (cine, series de televisión, literatura…), pero escasamente son muertes humanas, ya que se sustituye todo tipo de dramatismo, sentimiento o tristeza por una brutalidad que nos acerca a las bestias y desde luego no nos hace más humanos. Que muera alguien (aunque sea el malo de la peli) se ve a veces como algo bueno, y si preguntas que por qué se banaliza el valor de la vida humana te responden: “la vida no tiene valor en sí misma, tiene el valor que le queramos dar” y, ante semejante relativismo, no queda otra opción que mirar con cariño y compasión a semejante engendro moral y rezar en tus adentros por que algún día no se convierta en el médico que te atienda cuando estés en estado terminal.

La muerte posmoderna está por tanto omnipresente, pero ha perdido su auténtico valor, su valor de igualar (realmente lo hace) a todos los hombres. Aunque Walt Disney y sus amigos transhumanistas quieran burlar a la muerte, la realidad es que tarde o temprano morirán y de nada les servirá tantas horas perdidas buscando el congelador que mejor te deje la piel en la resurrección posmoderna -es curioso como se ha configurado una religión científica, como ya predijo Comte, pero que no se aplica a sí misma el método científico- que desean y a la que dedican todos sus esfuerzos.

-“La Muerte es caprichosa”. -Dicen como si se tratara de una persona, pero -curiosamente- el deseo de no morir gastando verdaderas fortunas, que podrían evitar la muerte real de miles de personas y no solo de un millonario, es el mayor capricho concebido en la historia.

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La Muerte es una realidad. Es un hecho científicamente probado que todos acaban muriendo tarde o temprano. Eso no quiere decir que debamos ser unos macabros y tener la muerte divinizada, ni darle más importancia que a lo que viene antes y lo que viene después de ella, que es lo realmente importante. Es el tiempo de recordar a los que ya se fueron o de unirse a ellos.

Hoy hace 6 años que murió Rosalina y… ¡cuánto te hemos hechado de menos! pero… ¡con cuánta alegría nos uniremos a ti dentro de unos años! -los necesarios, ni más, ni menos- y todos los años te recordaré en estos días, en que la melancolía a veces inunda mi corazón. El cáncer acabó contigo demasiado pronto y yo no pude despedirme, ni me dejaron ir a tu funeral, ni al entierro.

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No nos dejaron llorarte como merecías, nos alejaron de la realidad de tu muerte en un intento de evitarnos un sufrimiento que más bien acrecentaron. Creyeron que los jóvenes no debíamos mezclarnos ni vivir un contacto tan cercano con la idea de que algún día todo esto se acabará. Y aunque éramos jóvenes y teníamos apenas 16 años debimos estar allí y no en una teatral ceremonia realizada en el salón de actos que ridiculizó tu memoria.

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Rosalina, ahora ya no nos queda más que tu recuerdo, y pido a Dios que nos lo mantenga, al menos hasta que nos volvamos a ver.

Cuando el gris y turbio velo de este mundo se levante y se convierta en plateado cristal, cuando veamos finalmente la blanca orilla y la inmensa campiña verde tendida ante un fugaz amanecer. Llegado ese momento, sabremos que está próximo nuestro reencuentro y tendremos tantas cosas que contarnos y toda la eternidad para decirnoslo…

Gracias por tu ejemplo de trabajo, se sufrimiento paciente en la enfermedad y por el cariño que derrochabas… Rosalina, RIP.

G. K. CHESTERTON (1874-1936) Un crítico de la Modernidad… (Qué es la Modernidad)

La Modernidad ha sido -y es- un concepto muy discutido, controvertido, que ha ido perdiendo o cambiando progresivamente de significado conforme han ido pasando los años. Aun hoy se emplea como algo positivo en contraposición al concepto de tradicional, clásico, lo establecido, antiguo etc.

La Real Academia define la modernidad como “aquello perteneciente o relativo al tiempo de quien habla o a una época reciente y contrapuesto a lo antiguo o a lo clásico y establecido.”[1] Esto llegó a hacer caer a la gente en la trampa de aceptar toda influencia moderna por el hecho de ser considerada moderna, aunque en muchos casos eran antiguas ideas ya superadas que habían sido recuperadas. Este gusto o atracción por lo moderno y novedoso, con menosprecio de lo anterior, llevó a lo largo del siglo XX a perpetrar desmanes en muchos campos, aunque también tuvo aspectos positivos en muchas materias. Los ámbitos donde se produjeron estas tensiones entre lo moderno y lo tradicional fueron principalmente terrenos como el artístico, cultural, ético y filosófico.[2]

Más significados de modernidad o del modernismo pueden hacernos pensar que son conceptos homólogos, cuando guardan en ocasiones grandes distancias con lo que en este trabajo vamos a realizar. Aunque por época e influencias están relacionados, no se puede confundir el concepto de modernidad con el de modernismo. El modernismo puede hacer referencia a tres corrientes culturales, literarias o filosófico-teológicas que -excepto en el último caso- no trataremos apenas en este trabajo, aunque están insertas en el debate y la obra de Chesterton y otros autores de la época. La primera es el modernismo como “conjunto de tendencias de la literatura y del arte del primer tercio del siglo XX que supone una renovación y un rechazo de la estética decimonónica.”[3] El modernismo latinoamericano podría inscribirse dentro de esta definición pero, como hay claros matices que pueden serme recriminados, se consideraría aparte, como un “movimiento literario iberoamericano y español surgido a finales del siglo XIX y caracterizado por un lenguaje poético evocador y por una temática que busca la sublimación de la realidad.”[4]

La segunda es aquella que lo define como un “movimiento artístico, principalmente arquitectónico y decorativo, surgido a finales del siglo XIX y que da lugar a una nueva estética basada en la inspiración en la naturaleza y en la incorporación, a un tiempo, de novedades industriales.”[5] Contra esta acepción hay una gran contestación por parte de varios autores, ya que no solo buscan un embellecimiento del espacio que es atractivo a la vista, sino que valoran de forma distinta las corrientes artísticas, como sucederá más adelante con otras corrientes culturales y muchos de sus detractores o promotores.[6]

El tercero y tal vez el que trataremos con un poco más de detalle es el modernismo teológico, que supuso un auténtico problema dentro de la Iglesia Católica y del resto de comunidades cristianas escindidas de la misma. Este fue un “movimiento religioso de fines del siglo XIX y comienzos del XX que pretendió poner de acuerdo la doctrina cristiana con la filosofía y la ciencia de la época moderna, y que favoreció la interpretación subjetiva, sentimental e histórica de muchos contenidos religiosos.”[7]

Por tanto los términos modernidad, modernismo y modernización son palabras similares aunque con significados muy característicos. Modernidad describe una determinada condición social con componentes sociales, políticos, culturales y económicos. Modernismo es una forma intelectual, estética y cultural o el movimiento mediante el cual se expresa o presenta esa forma. Modernización es un proceso económico y político de desarrollo y cambio.[8]

Lo que en este trabajo consideraremos como Modernidad es el resultado de casi un siglo entero de construcción por algunos de sus teóricos y de conformación de una serie de ideas que fueron calando en las sociedades occidentales a lo largo del siglo XIX y principios del siglo XX. Aunque realmente se empiezan a apreciar estos cambios en la mentalidad mucho antes, al finalizar la Edad Media, ya en el siglo XVI se verá como una idea aportada íntegramente por el cristianismo a la cultura clásica. Se comenzará a configurar una nueva forma de ver el mundo: la idea de progreso,[1] de que el hombre camina hacia un futuro mejor, que rompía la concepción cíclica heredada de la cultura clásica. Esta idea será la que origine la primera crisis de la modernidad en 1914-1918 cuando se vea la capacidad de autodestrucción del hombre y entre en crisis esta mentalidad. Crisis que según algunos autores podría extenderse hasta 1968 e incluso los años 70, donde se ve ya claramente síntomas del final de la modernidad.[2] Esta nueva etapa se designará como posmodernidad, o como prefieren denominar algunos autores –entre ellos Z. Bauman- modernidad líquida[3].

Descartes en el siglo XVII aportaría a esta cosmovisión sus propios descubrimientos y su fe en la capacidad de raciocinio del hombre. Quiso desde muy temprano organizar y prever el comportamiento de la sociedad a través de su método y la razón analítica, conformando los elementos básicos en los que se basará esta teoría del progreso en los siglos XVIII y XIX, potenciando el desarrollo de las ciencias naturales. Para el cartesianismo el hombre estará siempre en continuo desarrollo.

Los avances científicos del siglo XVII y XVIII, con figuras tan importantes como I. Newton, G. Leibniz, Lavoisier, etc.; junto a las ideas introducidas por multitud de pensadores y filósofos como D. Hume, T. Hobbes, Rousseau, B. Spinoza, I. Kant, J. Locke, Voltaire  y otros muchos personajes de renombre, provocaron una crisis interna en muchos hombres al no ser capaces de integrar, arrastrados en ocasiones por algunas figuras conocidas por su anticristianismo, los avances de la ciencia con las explicaciones teológico-filosóficas aportadas por la tradición multisecular de la Iglesia. Muchos cayeron en la trampa de quienes, siguiendo los pasos de la filosofía ilustrada, procuraron disociar la razón de la fe. Algunos pensaban que la fe, en contraposición con la razón sólo podía retroceder, sin embargo, muchos científicos, pensadores e intelectuales cristianos se afanarían por demostrar que la fe y la razón son, al contrario, dos luces que se reclamaban entre sí[4]. La fe en Dios sería poco a poco sustituida por una fe ciega en el progreso, la capacidad del hombre de solucionar sus propios problemas y la fe en la utopía de que en el futuro se acabarían las guerras, las enfermedades y el enorme sufrimiento humano acontecidos en los siglos anteriores[5].

La Ilustración fue el primer escalón por tanto de una escalera que, al igual que la torre de Babel bíblica, por mucho que se avanzaba y elevaba, nunca alcanzaba el cielo. Al igual que en el pasaje bíblico, las dos guerras mundiales fueron las que derribaron el edificio y configuraron un mundo nuevo, que tendría que vivir ya siempre rodeado de los escombros de aquella sociedad que se había creído capaz de todo. Por eso, destruida la fe en el progreso, ya solo quedaba destruir la fe en el hombre, pero eso ya es harina de otro costal.

Ya en el siglo XIX el positivismo de Auguste Comte se convertiría en la filosofía de la triunfante burguesía, que no preveía más conflictos ni violencia social, sino una evolución permanente del hombre y la sociedad basada en el respeto y cumplimiento de una serie de deberes y derechos. La burguesía se consideraba a sí misma como una clase universal, pero pronto empezó a tener sus opositores, resultado de la industrialización y los cambios tecnológicos.

Uno de los más importantes críticos del sistema al que estaba llevando esa fe ciega en el progreso sería Karl Marx, que fue uno de los críticos más despiadado y feroz del statu quo dominante, tanto que llegó a proponer una revolución socialista como alternativa. Aun así seguía pensando que en un futuro se lograría la felicidad y la utopía que defendía, con lo que después de todo no se había separado tanto como parecía de esa tendencia a la fe ciega en el progreso.

En el siglo XIX iba a producirse el triunfo de la teoría del progreso en dos de sus versiones: el liberalismo y el marxismo. Los filósofos, los intelectuales, empezaron a hablar y a escribir en nombre del futuro esperanzador que estaba por llegar. El progreso en realidad era una cara más de una utopía, un deseo continuado desde antiguo de lograr la armonía social. Dicha teoría buscaría también la felicidad humana después de siglos de violencia y miseria física y moral[6].

Los cambios y las transformaciones en la naturaleza y la sociedad, sus mejoras en la técnica, en la ciencia, en la cultura en general, fueron los fundamentos de esta fe ciega en el progreso. Se creyó, a diferencia de los pesimistas, que el mundo, la sociedad, el hombre en general, no solamente no estaban en decadencia sino que iban en ascenso hacia la perfección social[7]. A finales del siglo XIX muchos hombres creyeron a pie juntillas que era cuestión de tiempo y tecnología que se acabaran todas las guerras, que se erradicaran todas las enfermedades y que se erradicara la pobreza y la miseria. Creían que el hombre había dominado la naturaleza y la sociedad[8].

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Pero como es evidente, aquello fracasó en el momento en que en apenas unos meses murieron más hombres que en ninguna guerra anterior, gracias –precisamente- a los avances científicos. Fue un gran desengaño, la Gran Guerra trajo consigo una frustración que llevó a muchos a la desesperación más absoluta e incluso a sus últimas consecuencias. Europa despertó de un bonito y plácido sueño y ya nunca se recuperó del terror que vio al descorrer la cortina y mirar por la ventana el mundo real que habían construido y en el que vivían.

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El mundo cada vez más urbano fue conformando grandes núcleos de población con una enorme amalgama de culturas y etnias, especialmente en el Imperio Británico, con tantos territorios coloniales que atender. Por esta razón el hombre vivió en ciudades convertidas en complejas megalópolis; en estas gigantescas unidades, perdía su identidad y su individualidad, sintiendo que no era nada ni nadie, en un mundo cada vez más anónimo.

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Si tuviéramos que hablar de una época de pleno desarrollo de la Modernidad esa época sería, según los distintos autores, las décadas acontecidas entre 1870 y 1939. Aun así podemos encontrar algunas fechas claves que nos introducen a lo que vendrá después.

El año 1859 es clave en el sentido de que supuso la quiebra de la teoría del origen del hombre. Aunque no pudo ser parcialmente demostrada -aun hoy hay aspectos que son pura especulación y no han sido demostrados empíricamente- hasta que se conocieron los rudimentos de la genética con Mendel y más tarde del ADN con Watson y Crick,  El Origen de las Especies  de Charles Darwin, supuso toda una revolución biológica y del pensamiento al llegar a ser extrapolado incluso a las sociedades del momento, configurando lo que se denominaría darwinismo social o político. Las nociones de selección natural, pureza de la especie y supremacía de unas razas sobre otras acabarían justificando la expansión imperialista occidental, varias guerras coloniales -naciones latinas enfermas vs naciones sajonas fuertes- y la expansión del fenómeno conocido como eugenesia, que tendría su máxima imposición en la Alemania de Hitler.

El socialismo de la Iª  y IIª Internacional, la escisión entre marxistas y seguidores de Bakunin, las teorías políticas de Marx y Engels, serían el culmen de la modernidad en su aplicación en el primer tercio del siglo XX, cuando hacía ya muchos años que habían fallecido ambos. El inicio del socialismo marxista a mitad de siglo, es por tanto otro de los elementos clave para ubicar el inicio de la plena época moderna en un sentido de pensamiento y cultura. A principios de siglo y tras el fracaso de las estrategias anarquistas asociadas a acciones armadas, huelgas, etc., que continuarían durante casi todo el siglo XX, pero con menor virulencia, los partidos socialistas y los partidos obreros se fueron organizando para dotar a los obreros  y clases más pobres de instrumentos con los que evitar la opresión económica y política a las que estaban sometidas. La difusión del sufragio masculino a finales del siglo XIX no hizo sino ayudar a politizar a muchas de estas clases menos pudientes que vieron como se les iba incluyendo en la vida social del Estado.

Los partidos socialistas de corte marxista revisaron sus idearios y se conformaron principalmente dos tendencias; la primera era la promovida por figuras como Lenin, ya en 1902, que defendía una teoría del partido como cabeza y vanguardia de la revolución, que excluía la idea del partido obrero como una partido democrático y abierto a las masas; donde los miembros del partido fueran activistas profesionales que, a través de una organización centralizada y disciplinada, conquistaran el poder y llevaran a cabo una revolución donde cristalizara el socialismo y  la cabeza del Estado la ocupara una dictadura burocrática del partido revolucionario[9].

Ciertamente una parte del movimiento obrero acabó optando por la revolución, pero hubo otra gran parte del movimiento obrero que se dio cuenta de que la solución pasaba por promover y construir un Estado y un aparato estatal fuerte, con las amplias competencias que habían ido asumiendo desde los años setenta del siglo XIX[10]; aprovechando estas para ir mejorando las condiciones de vida de los ciudadanos a base de restarles soberanía económica y social e ir adoptándola el Estado. Esto último fue un elemento muy criticado por Chesterton, que consideraba que algunas de estas prácticas debían ser elegidas voluntariamente por los ciudadanos y no impuestas desde los gabinetes de gobierno.

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La difusión de la Modernidad fue posible gracias al fortalecimiento de los Estados, que llegaron a tener la hegemonía en muchos aspectos[11]. Sufrieron sustanciales transformaciones que les llevaron a asumir, en los últimos treinta años del siglo XIX, un papel predominante en asuntos como la legislación laboral, económica y social, la educación, los servicios públicos, los suministros de agua, electricidad, carbón, combustibles etc.[12] Esto contribuyó a la creación de una burocracia profesional y especializada, cada vez más compleja y capacitada, compuesta de funcionarios públicos, transformando al Estado en un garante de los intereses generales de la sociedad, o al menos en su gestor.[13]

El capitalismo constituirá una gran amenaza para los modos de vida rurales y de las ciudades hasta el momento. Provocará una serie de procesos más o menos positivos, como por ejemplo, el hacinamiento de los proletarios y sus familias obreras, la sustitución del sistema estamental por el sistema de clases sociales marcadas por el nivel económico en lugar del lugar de nacimiento, la secularización progresiva de la sociedad, la extensión del agnosticismo militante en las zonas urbanas, el aumento de la población de Europa por los períodos de paz prolongados y la mejora de las condiciones productivas.

La sociedad pasará de estar basada en vínculos sociales a pequeña y mediana escala a estar organizada por vínculos económicos a todos los niveles. La mundialización se irá produciendo  conforme vaya avanzando el siglo hasta llegar a los años treinta y cuarenta del siglo XX, cuando se habrá terminado de constituir esta red global de economías nacionales interconectadas, todavía muy frágiles a las eventualidades.

A través de las exposiciones universales, cuyo inicio de su apogeo tal vez estuvo en la de París de 1900, se continuaron potenciando y exaltando la capacidad del hombre para avanzar a través de sus avances científicos y la increíble confianza, cuando no fe ciega, en sus valores y en el futuro[14].

En opinión del historiador Juan Pablo Fusi, en torno al año 1900 los epicentros de la modernidad eran principalmente “Londres («el corazón del mundo» según H. G. Wells), París (centro del arte y de la vida elegante) que tenían su prolongación en Montecarlo, la Costa Azul, Brighton, el Lido veneciano, la Riviera italiana, Baden-Baden, Biarritz (y cerca de ésta, y para España, en San Sebastián). Berlín, Viena, Praga, Múnich, Barcelona, Roma, Florencia. El mundo parecía fascinado por el legado histórico y artístico de la civilización europea.”[15]

A la época acontecida entre finales del siglo XIX y 1914 se le denominó de muchas maneras, pero nos ha quedado grabada en el subconsciente la expresión francesa que la denominaba como una Belle Époque, que es como se le llamó tras la Gran Guerra[16].

En esta etapa en Europa se produjeron grandes transformaciones económicas y sociales. Además de la segunda revolución industrial (acero, electricidad, industria química…), desarrollo industrial y urbano, se multiplicaron la variedad y posibilidad de empleo y la movilidad social. Las clases medias se beneficiaron enormemente de estos avances y creció el nivel general de bienestar con respecto a las décadas anteriores[17].

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Los avances sociales y económicos influenciaron enormemente la vida colectiva. En los grandes núcleos de población la vida social de sus habitantes adquirió en muchos casos una impersonalidad y un carácter anónimo, que circunscribía las relaciones sociales exclusivamente a los círculos familiares, de amistad y a espacios concretos como eran los lugares de recreo habitual o estacional[18].

Sin embargo la influencia de la vida religiosa y de las iglesias se iba desvaneciendo poco a poco. La prensa y las publicaciones periódicas irían conformando de forma creciente la conciencia de las masas urbanas, especialmente de las clases media y la aristocracia. Unido a esto surgieron también nuevas formas de cultura, individual y colectivas (el fútbol, el cine, hipódromos, etc.) que configuraron lo que sería definido como la sociedad de masas[19].

Pese a todo este creciente bienestar social -y esa fe en que en un futuro se iría progresivamente extendiendo al resto de las capas de la sociedad- la literatura, el arte y en muchos casos las obras de pensamiento reflejaban algo muy distinto. El hombre de la modernidad estaba en crisis, en una crisis que se extrapolaba del hombre (sujeto individual) a la sociedad y a la civilización europea, a la que se veía como una sociedad enferma. La época de la plenitud europea revelaba ante todo un profundo malestar. En palabras de Juan Pablo Fusi “latía una obvia fascinación por la decadencia, la enfermedad y la muerte,  que hizo que las novelas se leyeran como metáforas de una Europa irremediablemente enferma.”[20] Varios ejemplos podrían ser Muerte en Venecia de Thomas Mann, El retrato de Dorian Gray  de Oscar Wilde o la propia obra de Chesterton El hombre que fue Jueves, donde se mostraba claramente ese decadentismo de finales de siglo XIX y principios del XX.

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La elegancia y las buenas maneras, la autoconfianza externa en que la civilización europea era por sí sola capaz de redimir y salvar al hombre de sí mismo, se encontraba -a pesar de los tabúes impuestos por la moral/ética victoriana- con que el hombre civilizado era, al igual que el “salvaje”, capaz de todos los horrores y todos los errores. Se encontraba por tanto como un barco a la deriva, a merced de las tormentas de su tiempo[21].

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La ansiedad y perplejidad moral que alentaban de algún modo, en la conciencia del hombre moderno, la desorientación y el aburguesamiento, parecían haberse apoderado de la sociedad europea y culminarían con la incapacidad de frenar el estallido de la Primera y la Segunda Guerra Mundial[22]. Aún flotaba el sentimiento de autoconfianza y solidez que se respiraba en otros ambientes, como la famosa frase de Stefan Zweig sobre el mundo anterior a la Gran Guerra, que describe a Europa interrogándose sobre “¿quién podía parar ese avance, frenar ese ímpetu que no cesaba de sacar nuevas fuerzas de su propio empuje? Nunca fue Europa más fuerte, rica y hermosa; nunca creyó sinceramente en un futuro todavía mejor.”[23]
Resultado de imagen de decadencia victorianaPero la realidad de muchas personalidades del mundo cultural es que se había originado un malestar de la modernidad que derivaba del nihilismo, el existencialismo, el racio-vitalismo y otras corrientes que habían hecho consciente al hombre de su fragilidad y  de la desilusión que le aportaban estas corrientes de pensamiento[24].

Es en este contexto de desorientación donde el nacionalismo, muchas veces proveniente de un patriotismo habitual en estas sociedades, encontró su nido de incubación y propagación. El apogeo de los Estados-Nación encontró su talón de Aquiles en el nacionalismo, generalmente imperialista o simplemente expansionista, que llevaría a tantos disturbios, tragedias e imágenes estremecedoras que anidaron en la conciencia colectiva de las sociedades después de tantos años, y que aún hoy se cierne sobre Europa.

Para Antonio López Vega, “la reacción nacionalista, antisemita en muchos casos,  fue el elemento aglutinador más importante en buena parte de Europa. En los albores de la Gran Guerra, frente a ese ambiente de seguridad permanente, de cierta relajación de las costumbres morales, de explosión de las libertades, de triunfo de la modernidad, la posibilidad y realidad del combate excitó la apelación al discurso nacionalista entre determinados grupos y facciones que lograrían la suficiente presencia como para dominar el debate público y que, en algunos casos, terminarían conformando proyectos fascistas.”[25]

El nacionalismo, que había comenzado a conformar un tipo de discurso cada vez más alejado del patriotismo a partir de los años ochenta del siglo XIX, sería el elemento que marcaría definitivamente para las próximas décadas la historia de gran parte de los Estados-Nación del momento y de los que surgirían después de las dos Guerras Mundiales, llegando incluso a afectar ya en el siglo XXI a muchos territorios del mundo, entre ellos la región de los Balcanes.
Todo lo que se agrupó bajo el nombre de modernidad -el esteticismo, el decadentismo,
etc.,- de los años noventa y 1914, no fue otra cosa que interrogantes y respuestas ante un mundo de creciente prosperidad y desarrollo, impregnado por la idea de progreso, que se había vuelto pese a ello -o precisamente por ello- incierto e incomprensible, sobre todo a raíz de la física cuántica y la teoría de la relatividad de A. Einstein, que anulaba las verdades absolutas también en el ámbito científico. En opinión de Juan Pablo Fusi esta incertidumbre y angustia interior del hombre en la época de plena modernidad trajo reflejos artísticos de la mayor calidad que se pueda concebir. En palabras suyas “desde un punto de vista estético y literario, el resultado fue extraordinario. Entre 1880 y 1920, el modernismo cambió de raíz la literatura y el arte europeos, esto es, las maneras de entender y proyectar la búsqueda de y la reflexión sobre la verdad, la moral y la belleza.”[26]

A partir de 1900 se empezó a manifestar un cambio muy sutil, que se haría presente ya claramente a partir de la Gran Guerra y que estaría en la génesis de las vanguardias y la segunda modernidad -que vendría a acontecer desde 1914-1918 hasta la Segunda Guerra Mundial- y que dejaría completamente exhausta a la intelectualidad, ya que difícilmente se recuperaría hasta los niveles alcanzados en la Europa de Entreguerras, tras este acontecimiento.

Resultado de imagen de LA CRISIS 1914Emergía por tanto, en los primeros años del siglo XX, una nueva modernidad, distinta de la modernidad alumbrada a partir de la Ilustración. Una nueva modernidad que el sociólogo alemán Max Weber (1864-1920), asociaba en su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1903), con un «desencantamiento del mundo por la ciencia», la racionalización creciente de la vida social y privada del hombre por el capitalismo y la producción industrial, el crecimiento de la burocracia del Estado, nuevas formas de legitimación de la política (líderes carismáticos, normativas legales) y «politeísmo» , entendido, en palabras del profesor J. P. Fusi, “como una pluralidad irreductible de valores y de opciones políticas y existenciales.”[27] El hombre se encontraba solo ante su existencia, vacío e irredento, desesperado, como una veleta a merced del viento, en medio del terrible huracán de la modernidad.

El ocaso o final de la primera modernidad  y el principio y fin de la segunda modernidad podrían marcarlo dos acontecimientos: Por un  lado la Gran Guerra, que supuso un paso de gigante en muchos sentidos y transformó enormemente a las sociedades e intelectuales de las naciones beligerantes[28]; el otro, sería el año 1939, que concluiría esta segunda modernidad y marcaría una época completamente distinta a partir de 1945.Vemos por tanto que el año clave de la modernidad sería 1914, bisagra entre dos épocas intelectuales y que hasta 1939 incluiría los movimientos vanguardistas, el inicio del auge de los partidos de izquierda y las ideas de izquierda democrática, el fracaso del proyecto estabilizador de Europa tras la Gran Guerra, el auge de los totalitarismos nacional-socialista y marxista-leninista y de los autoritarismos en Europa (Italia, Grecia…), consecuencia directa de algunos postulados de la modernidad que negaban la libertad humana (libre albedrío) y eran profundamente deterministas[29].

Centrémonos más bien en el final de esta segunda modernidad, marcado por el segundo conflicto mundial[30]. En general el final de la Segunda Guerra Mundial dejaría un panorama desolador en Europa, destruida por el conflicto e inmersa en otra posible confrontación ya latente desde la Conferencia de Potsdam -de mayor entidad militar, social, económica e intelectual- que podía estallar en cualquier momento, apenas tres años después del fin del segundo conflicto mundial[31].

El mundo que salió de la Segunda Guerra Mundial fue completamente distinto del que había sido incapaz de evitar el estallido de la conflagración mundial. La sociedad que saldría de este conflicto –al igual que lo sucedido durante y después de la Gran Guerra- experimentó una profunda transformación que volvió a generar nuevas dinámicas en el seno de las sociedades modernas. Dinámicas que conformarían la sociedad entre los años cuarenta y el hito que supondría el fin de la modernidad tal y como muchos autores la han conocido: El año 1968, donde se abriría una nueva etapa, denominada posmodernidad o modernidad líquida.

[1] CAREAGA, G., “Crisis de la Modernidad: un asalto a la razón” en Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México, vol. 36, núm. 140, Ciudad de México, 1990. Págs. 11-20

[2] FUSI, J. P., El malestar de la Modernidad… Págs. 59-60.

[3] BAUMAN, Z., Modernidad líquida, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2002.

[4] SARAH, R., Dios o Nada, Ed. Palabra, Madrid, 2016. Pág.175

[5] FUSI, J. P., El malestar de la Modernidad… Págs. 54-55.

[6] CAREAGA, G., “Crisis de la Modernidad: un asalto a la razón” en Revista Mexicana…Págs. 11-12.

[7] CAREAGA, G., El Siglo Desgarrado, Crisis de la Razón y la Modernidad, México, Cal y Arena, 1989.

[8] CAREAGA, G., “Crisis de la Modernidad: un asalto a la razón” en Revista Mexicana… Págs. 11-20

[9] FUSI, J. P., Breve historia del mundo contemporáneo, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2014. Pág. 100

[10] FUSI, J. P., Breve historia del mundo contemporáneo… Págs. 99-101

[11] FUSI, J. P., Breve historia del mundo contemporáneo… Pág.101

[12] TOWNSON, D., Breve Historia de Inglaterra, Alianza Editorial, Madrid, 2015. Págs. 458-459

[13] TOWNSON, D., Breve Historia de Inglaterra… Págs. 436-437

[14] FUSI, J. P., Breve historia del mundo contemporáneo… Pág. 103

[15] FUSI, J. P., Breve historia del mundo contemporáneo… Pág. 103

[16] FUSI, J. P., Breve historia del mundo contemporáneo… Pág. 104

[17] TOWNSON, D., Breve Historia de Inglaterra… Págs. 476-478

[18] FUSI, J. P., Breve historia del mundo contemporáneo… Pág. 105

[19] FUSI, J. P., Breve historia del mundo contemporáneo…Págs. 100-105

[20] FUSI, J. P., Breve historia del mundo contemporáneo, … Pág. 107

[21] LÓPEZ VEGA, A., 1914: El año que cambió la Historia, Taurus, Tres Cantos (Madrid), 2014. Pág. 25

[22] LÓPEZ VEGA, A., 1914: El año que cambió la Historia… Págs. 63

[23] ZWEIG, S., El Mundo de Ayer: Memorias de un europeo, Acantilado, Barcelona, 2011. Pág. 249.

[24] FUSI, J. P., El malestar de la Modernidad, Biblioteca Nueva, Madrid, 2004. Págs. 53-57.

[25] LÓPEZ VEGA, A., 1914: El año que cambió la Historia… Págs. 58-59.

[26] FUSI, J. P., Breve historia del mundo contemporáneo, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2014. Pág. 108.

[27] FUSI, J. P., Breve historia del mundo contemporáneo…Pág. 113.

[28] LÓPEZ VEGA, A., 1914: El año que cambió la Historia… Págs. 205-206.

[29] FUSI, J. P., Breve historia del mundo contemporáneo… Págs. 189-192

[30] PEARCE, J., Escritores Conversos: La inspiración espiritual en una época de incredulidad, Ediciones Palabra, Madrid, 2007. Págs. 297-305.

[31] PEARCE, J., Escritores Conversos: La inspiración espiritual en una época de… Págs. 297-305.

[1] Diccionario de la lengua española, Real Academia de la Lengua Española, Espasa, Madrid, 2014. http://dle.rae.es/?id=PUEke8c voz Modernidad.

[2] LÓPEZ VEGA, A., 1914: El año que cambió la Historia, Taurus, Tres Cantos (Madrid), 2014. Págs. 90-94.

[3] Diccionario de la lengua española, Real Academia de la Lengua Española, Espasa, Madrid, 2014. http://dle.rae.es/?id=PUF1zT1 voz Modernismo.

[4] Diccionario de la lengua española, Real Academia de la Lengua … voz Modernismo

[5] Diccionario de la lengua española, Real Academia de la Lengua … voz Modernismo

[6] LÓPEZ VEGA, A., 1914: El año que cambió la Historia… Pág. 95.

[7] Diccionario de la lengua española, Real Academia de la Lengua … voz Modernismo

[8] FUSI, J. P., El malestar de la Modernidad, Biblioteca Nueva, Madrid, 2004. Pág. 51.

G. K. CHESTERTON (1874-1936) Un crítico de la Modernidad La respuesta de un crítico a los retos que planteaba la modernidad al hombre y a su época (Introducción)

 

Empiezo a publicar hoy mi tema de Tesis poco a poco. La idea dar una visión amplia de la respuesta de los cristianos católicos a la Modernidad. Abrirá nuevos horizontes a muchos, sacará del error a tantos y arrancará en alguno sonrisas cómplices. Empiezo una serie de entradas con los fragmentos más destacados de mi trabajo en la Universidad donde se forjó Podemos y donde entre varios hemos elaborado la respuesta a tanta demagogia, puerilidad y falta conocimiento de la naturaleza humana. Disfrutad y aprended lo que no se os ha enseñado en las escuelas. Publicaré una cada dos semanas. Espero que al terminar la serie podáis daros una respuesta coherente a los problemas a los que se enfrenta el mundo.

Hace unos dos años, en medio de un contexto anterior al consumo navideño -cargado de luces y símbolos vacíos del contenido que en otros tiempos tuvieron- cayó en mis manos un libro, una novela, El despertar de la señorita Prim,[1] que cambió profundamente mi visión de la intelectualidad, del hombre y de su historia.

La novela reivindicaba una sencillez de vida perdida no ya en las últimas décadas, sino en el último siglo, y una simplificación de las explicaciones que damos muchas veces a la conducta y la toma de decisiones por los hombres; en definitiva venía a contar cómo la interioridad del ser humano juega un papel transcendental en la vida de éstos y, llevado a último término, en el desarrollo de la historia personal y colectiva, en tanto en cuanto unas personas se han relacionado con otras.

Como he podido comprobar al leer y estudiar temas relacionados con la historia intelectual, la interioridad de las personas que conforman las corrientes intelectuales y la creación de pensamiento cobran gran importancia. Esa importancia no siempre se ha reconocido, pero actualmente la historia de los intelectuales liberales sí ha hecho una historia desde puntos de vista que tienen en cuenta el valor de esta interioridad del hombre. Si por el contrario se intentara desligar esta interioridad de los actos externos de las personas, caeríamos en un dualismo que desfiguraría enormemente las identidades de las personas que estudiáramos y sobre las que trabajáramos. He aquí el gran problema de nuestra disciplina, que no es una ciencia exacta y contrastable empíricamente. Cuando se trata del hombre nunca tenemos la certeza de que nuestras hipótesis sean realmente verdaderas, ya que, a menos que podamos escrutar las conciencias o nos los indiquen ellas mismas explícitamente, nunca podremos conocer las verdaderas intenciones, motivos y realidades que les llevaron a tomar las decisiones que fueron pautando su vida. Puede sonar desesperanzador, pero sólo con un conocimiento realmente profundo de la interioridad, de la realidad y factores que influencian al hombre, podremos aproximarnos un poco más a la verdad sobre su historia. Al final la razón de esto es siempre la misma: cada hombre es un mundo y cada mundo tiene dentro un universo entero. Cada hombre es único e irrepetible, porque tiene una identidad y una interioridad construida, heredada, etc.

Este breve alegato está en la raíz de mi decisión por el tema de mi trabajo, Gilbert Keith Chesterton y la respuesta crítica a un modelo que, en opinión del autor británico, pretendía estudiar los aspectos inmateriales del hombre en un laboratorio.

Es posible que la mayoría de individuos intentemos que nuestra vida se adecúe a aquello en lo que creemos, unos lo llaman valores, otros los llaman principios, pero a mí me gusta hablar de virtudes[2] en el sentido clásico-aristotélico del término, porque por mucho que uno quiera y desee ser, por ejemplo, generoso, será en los actos de generosidad que realice donde quedará de manifiesto este “valor”. Por tanto la generosidad no es un valor que se consiga con desearlo, ni un principio del que se pueda partir a placer, es una virtud, algo que se logra con la lucha de uno mismo por adecuar sus actos a lo que quiere ser, para la consecución de un bien arduo, no inmediato.

Tras leer esa novela, en la que Chesterton solo aparece citado a pie de página una vez por una frase suya sobre el feminismo,[3] me decidí a leer varias obras del conocido autor británico que me llevaron a considerar la posibilidad de hacer mi trabajo de fin de grado sobre Gilbert Keith Chesterton, un escritor, intelectual y mordaz crítico de la modernidad que sería reconocido como un San Agustín del siglo XIX y XX, ya que militó o confraternizó en algún momento de su vida en las filas de todos aquellos grupos e ideologías que luego criticó vehementemente. Que sabía tan bien poner en ridículo, darle la vuelta a sus argumentos y en el fondo tener unos encuentros dialécticos a través de la prensa o en la palestra, que ayudaron a tantos a darse cuenta del coloso con pies de barro que suponía la modernidad.

Chesterton fue aquel que vio, influido por varias figuras que le precedieron, que las sociedades occidentales, especialmente la británica, la francesa y la alemana, habían iniciado un camino que podía llevar a su propia destrucción como sociedad libre, donde los Estados tiranizasen a las gentes. Chesterton siempre fue en un principio un socialista antimarxista, lo que le llevó a abrazar años más tarde la teoría distributista, que reconocía el derecho a proteger la propiedad privada siempre y cuando todos tuvieran algo de propiedad que defender.

Por tanto este trabajo no busca otra cosa que complementar o matizar las visiones que se han dado de la sociedad de finales del siglo XIX y primer tercio del siglo XX, a veces demasiado polarizadas o segmentadas, cuando realmente nunca fueron así. Busca mostrar la existencia de una corriente de intelectuales, con un pensamiento mucho más profundo y realista que el de otros grupos de intelectuales de la época, que han tenido mayor lustre por sus excentricidades que por tener unas ideas coherentes entre sí.

Muchos de estos intelectuales que luego serían denominados como “conservadores” no tenían nada que ver con los conservadores británicos, aristócratas, plutócratas, de moral victoriana y profundamente anticristianos. Si hay algo que aglutinó a muchos de estos intelectuales de los que hablaremos en estas páginas, especialmente de Chesterton, es que a pesar de no ser en muchos casos católicos o al menos cristianos, comprendieron que el cristianismo era la solución a muchos de los males individuales del hombre y que, resueltos los males individuales, se podrían ya abordar los colectivos. Algo que chocaba fuertemente con las teorías e ideologías del momento, que buscaban conformar Estados fuertes que impidieran que el individuo fuera el que tuviera la soberanía sobre su vida y su actividad económica.

En las siguientes páginas analizaremos y definiremos qué fue la modernidad, cuál es su origen y desarrollo intelectual, cuáles son sus mitos fundacionales o que han conformado su desarrollo, las crisis que tuvo y la contestación por parte de algunos sectores intelectuales, concretamente la respuesta de varios intelectuales cristianos o que acabaron convirtiéndose al catolicismo en el siglo XIX y primer tercio del siglo XX.

Intentaremos después hablar de esta contestación que se empezó a dar ya desde muy temprano, a mediados del siglo XIX, a los grandes problemas que se preveían en el futuro, muchos de ellos provenientes de épocas pasadas y otros creados a raíz de la irrupción de la Ilustración y las nuevas corrientes científicas, sociales, económicas, políticas y de pensamiento.

Estudiaremos por tanto la crítica a la modernidad en el período 1870-1936, período muy cercano a la vida de la figura de relieve sobre la que nos vamos a centrar, para evitar empantanarnos con multitud de temas y personalidades accesorias que, aunque muy interesantes, poco pueden aportar de más a este trabajo si queremos que sea conciso.

Tal vez el punto de partida podríamos encontrarlo en el Movimiento de Oxford, la conversión de John Henry Newman al catolicismo y la influencia tan grande que tuvo esta figura, tanto como la de León XIII a finales de siglo. La publicación de la encíclica social de la Iglesia Católica Rerum novarum en 1891, que contenía lo que sería llamado como Doctrina Social de la Iglesia,  sería otro hito en el trabajo que desarrollaré en las siguientes páginas.

En cuanto a Chesterton analizaremos su proceso de conformación intelectual, sus derivas hacia las diferentes corrientes de actualidad y su creciente defensa de una concepción de la vida, del hombre y del mundo muy alejadas del materialismo de muchos de sus contemporáneos y cada vez más próxima al cristianismo y, ya en los últimos años, sobre todo a raíz de su conversión, a la de la Iglesia Católica.

Como Chesterton fue un hombre eminentemente público y reconocido, dedicaremos varias páginas a las influencias recibidas durante su vida de otros autores, Hilaire Belloc, Maurice Baring y los Cardenales Newman y Manning entre otros.

Como colofón tendremos un capítulo dedicado a las opiniones y formas de apreciar los problemas de su época por el propio Chesterton. Uno de los apartados principales de este capítulo será sin duda el dedicado al desarrollo del distributismo como sistema de organización social y económica y por supuesto, la crítica que hace Chesterton de varios aspectos de la modernidad.

[1] SANMARTÍN FENOLLERA, N., El despertar de la señorita Prim, Planeta, Barcelona, 2013.

[2] Virtud: Hábito operativo bueno, basado en la repetición de actos de la voluntad para lograr conformar un carácter determinado de la personalidad. Utilizo un concepto originario de la Grecia Clásica, precisado por Aristóteles un siglo después.

[3]  Diez mil mujeres desfilaron un día por las calles de Londres al grito de “¡No queremos que se nos dicte!” y poco después se convirtieron en mecanógrafas, en SANMARTÍN FENOLLERA, N., El despertar de la señorita Prim, Planeta, Barcelona, 2013. p. 84

La oración de un apóstol contemporáneo

Señor, quisiera ser…

Señor, quisiera ser faro, que ilumine con tu Luz a los navegantes perdidos, envueltos en la niebla, que corren el riesgo de zozobrar en medio de terribles tormentas de desesperación.

Señor, quisiera ser tizón, que contagiara tu Calor al ambiente, y calentara el lugar de descanso de tantos que, agotados, hartos de ir sin rumbo fijo, se echan cada noche en la cama sabiendo que cada día que pasa se han destruido más a sí mismos.

Quisiera ser ángel, que rescatara de los abismos a tantos desorientados que tropezaron y cayeron en la más terrible desesperación.

Quisiera Señor ser puerto, que reciba las naves semi-ruinosas, que las tormentas han hecho casi naufragar y que buscan consuelo y tierra firme que pisar.

Quisiera ser, Señor, baluarte, firme y seguro, donde las gentes se acojan para salvar su vida y su alma tras los recios muros del Amor y la comprensión.

Quisiera Señor ser perro fiel, que protege a las ovejas de precipicios y de los lobos de la sensualidad y el hedonismo. Que luchara como fiero mastín porque ninguna oveja se perdiera; y aún con las inválidas permanecer a su lado, a la espera de la llegada del Pastor, protegiendo y defendiéndolas de las asechanzas del enemigo y los peligros del ambiente.

Señor derrota mi tibieza, mi falta de determinación por luchar, mi vanidad, mi incapacidad de llevar una vida santa junto a ti.

Señor, quisiera ser “paladín de los desamparados y extraviados”, y en el centro del terrible combate, en lo más duro de la batalla, dar ánimo a aquellos soldados sin causa, que se saben ya derrotados, heridos de muerte, cansados de luchar y luchar contra enemigos invisibles; contra su propia perdición; que han perdido las ganas de pelear sus batallas; que ya no luchan porque no tienen una causa noble, porque ya se sienten derrotados. El mundo los ha abatido y son incapaces de salir de su mundanidad.

Tropa descabezada, sin objetivo claro en la batalla, que deambulan como espectros mientras corren el peligro de ser abatidos definitivamente.

A todos ellos, a los desesperados, derrotados, perdidos, mutilados por sus vicios, desvalidos. A todos ellos, quiero Señor, cargar sobre mis hombros y llevarlos a lugar seguro donde se recuperen de sus heridas y decidan volver al combate.

Señor ayúdame a luchar y ser el apoyo de los demás en la batalla, para que no perezcan tantas cosas que amamos y que hemos perdido en un constante retroceder ante el envite del maligno.

La herejía modernista

Todo historiador que se precie sabrá que el cristianismo empezó a declinar cuando el objetivo de la gente se transformó de buscar su propia salvación a buscar su propio bienestar y comodidad. Tal vez podría denominarse a este hecho o proceso (que llega a nuestros días) “la victoria del egoísmo” que llevó a otros dos procesos: la de la exaltación de la soberbia como algo bueno (el nacionalismo está cargado de soberbia)  y la exaltación de la impureza (que comenzó con la lucha por el divorcio y el matrimonio contractual y ha terminado en nuestros días con todo tipo de originales formas de arrejuntarse contra-natura)  llegando las tres plenamente hasta nuestros días y suponiendo los tres principales males de la sociedad. Todo esto ha venido acompañado de la consolidación de la Sociedad del Bienestar, que a todos apetece pero que nadie está dispuesto a sacrificar su hacienda y su honra por ella.

La sociedad del bienestar es incompatible con la lucha en las virtudes, con la búsqueda de la verdad y lo que es más importante: es opuesto a la lucha contra los propios defectos y por el crecimiento en virtudes.

Los católicos más conservadores fueron desde hace casi dos siglos los grandes defensores de las iniciativas sociales de la Iglesia, frente a los católicos más heterodoxos, más cercanos a postulados modernistas y a los que el prójimo nunca les importó demasiado, prefiriendo pugnar por acrecentar sus cuotas de poder frente al poder civil y al Papa.

En España regímenes como el de Franco ahogaron la iniciativa social de los católicos, obligando a la integración en el Régimen y lastrando a la Iglesia que aún hoy es identificada con este tipo de regímenes con el que colaboró.

Fueron los católicos burgueses los primeros que empezaron a criticar a la Iglesia y los primeros en apostatar de ella, ya que su modelo de amor al prójimo contrastaba con la explotación y desprecio por los inferiores socioeconómicamente que ellos mantenían, como hace todo nuevo rico que se precie. Hay excepciones, como no podría ser de otra forma, pero esta tendencia se ha ido manteniendo sustituyendo la entrega al servicio de los demás que se debía exigir a los poderosos con la limosna y la compasión materialista, dentro de la cual surgió el marxismo, en un contexto burgues claramente anticristiano.

El ambiente que se dice católico en las poblaciones acomodadas de Madrid (Majadahonda, Pozuelo, Las Rozas…) tarde o temprano sucumbirá, pues fue en los ambientes aburguesados donde la modernidad triunfó primero. Sólo es cuestión de tiempo. La Iglesia en España está perdida, el modernismo ha calado muy hondo en la juventud y lo que es peor, en los padres. El sentimiento ha sustituido a la lógica de la libertad y la voluntad. La herejía modernista, condenada en 1907 por Pío X se ha introducido en las parroquias, en los santuarios y en las tradiciones.

España tiene una Iglesia herida de muerte, con gangrena en cada una de sus diócesis. Que no ha sabido mantenerse firme en lo que sabía que era necesario y a la vez no corrije algunos antiguos vicios, excesivamente clericales. Nos consolamos con lo que hace Cáritas y así justificamos nuestra falta de compromiso personal, como si viviéramos en una adolescencia continua.

El Papa Francisco, que es un gran conservador, llama la atención sobre estas desviaciones de la doctrina por un sentimentalismo y un mal entendido hecho religioso como sentimiento.

Los que se dicen católicos no leen a los Padres, ni a los santos ni a los propios Papas. Si la gente leyera a Chesterton se daría cuenta de la enorme cantidad de errores doctrinales y de concepto que vienen acumulando muchos católicos desde hace un siglo.

No deja de ser curioso que mientras la mayoría de fuerzas políticas buscan volver a situaciones de los años 20 del siglo pasado, los católicos sigan pensando que progresan hacia un mundo mejor asumiendo tantas de sus herejías, condenadas una y mil veces a lo largo de 20 siglos de historia.

No son los sentimientos los que sacarán a la Iglesia del atoyadero en que se encuentra en España. No será el modernismo teológico lo que devuelva a la Iglesia a épocas anteriores mejores, porque esas épocas jamás existieron.

Cada época ha tenido sus errores y la nuestra tiene dos, la contraposición de libertad/voluntad-determinismo cultural y la de sentimentalismo-razón.

La Fe no es un sentimiento. Cuando alguien profana una Iglesia no esta hiriendo mis “sentimientos religiosos” sino que está atacando mi casa, está violando la intimidad de mi hogar, en definitiva está haciendome daño a mi persona. No a mis sentimientos.

La Esperanza no es un sentimiento. Cuando alguien se desespera no quiere decir que se “sienta mal”, sino que ha perdido la capacidad de encontrar soluciones a sus problemas y a los de los demás. No es un sentimiento, sino una virtud, igual que la Fe.

El Amor no es un sentimiento. Confundir el Amor con el enamoramiento, la atracción física por el instinto reproductivo es un error muy repetido hoy en día y desde hace cien años. En el Amor tercia la libertad y responsabilidad individual, la voluntad, uno elige a quien amar, el amor debe pasar por un razonamiento, sino será una estatua con pies de barro (enamoramiento sentimentaloide).

Herejía moderna: “El capitalismo es profundamente injusto”

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Tras cuatro años en la carrera de Historia, donde he podido ver y analizar multitud de sociedades, comunidades humanas y modos de vida, puedo concluir que el Capitalismo es profundamente injusto, que degrada (cuando no destruye) la vida de las comunidades humanas y crea un Hombre incapaz de apreciar realidades que no sean eminentemente materiales. Como ven no es un apriorismo esta afirmación.

Con el ingente proyecto de terminar la carrera y hacer un Trabajo de Fin de Grado digno de llamarse así, me vuelvo a encontrar con la misma pregunta que hace cuatro años: Si descartamos el socialismo por reducionista del Hombre y materialista y el capitalismo es tan fríamente genocida con los más débiles, ¿Qué alternativa nos queda?

Muchos autores durante muchos siglos han departido sobre el mejor sistema de organización económico-productiva-social y todos han acabado coincidiendo en la necesidad del Hombre de volver a una sencillez perdida por la ambición y el egoísmo de las plutocracias/oligarquías, sean del signo que sean.

Cuando a principios de siglo XX Chesterton (mi querido y admirado Chesterton) se batía el cobre para explicar los males del capitalismo y del socialismo materialista muchos alababan la alternativa que proponía, heredada de otros autores y de épocas pasadas de la Historia etc. Tantos intelectuales católicos y humanistas se han dado cuenta de que un sistema basado en la propiedad y la obtención de recursos a través del trabajo de terceros llevaba encadenada la explotación laboral en último término.

En el siglo XIX hubo un Papa que ya alertó sobre los males de la sociedad capitalista: impiedad, explotación, egolatrismo, egoísmos, cinismo y relativismo. León XIII promovió a través de la Rerum Novarum lo que se llamaría la Doctrina Social de la Iglesia, llevada a la práctica en algunos lugares marginales y con el apoyo intelectual de figuras como Tomás de Aquino, Bartolomé de las Casas, Thomas More, Erasmo y Luis Vives entre otros.

El siglo XX, que podría denominarse el siglo de la esclavitud ideológica, económica y social, le dio la razón.

Chesterton cogió el testigo y junto a mucha gente honrada y con verdadera preocupación lucharon contra viento y marea por vencer a la Modernidad, el gran bastión capitalista.

Para ello propugnaron la tercera vía: El distributismo. Una sociedad basada en pequeños propietarios que a través de su trabajo personal buscaban subsistir y mantener una vida de tranquilidad y contemplación de las realidades materiales y del alma. El ejemplo más claro son las Misiones Jesuíticas del Paraguay, que Carlos III (hideputa torticero y con menos luces que las lanchas de los narcos) vendió a Portugal y que los portugueses, menos moralistas que los castellanos, se encargaron de exterminar (véase la película La Misión de Roland Joffé).

Pensaba yo que esta vía no podría ser llevada al siglo XXI y que Chesterton llegó ya tarde. Me equivocaba. Tras leer una interesantísima novela que aborda gran número de aspectos de la vida de los hombres y los convencionalismos actuales, he visto un rayo de esperanza. Es cierto que un Estado distributista es impensable, pero sí son posibles sociedades y comunidades distributistas. El gran enemigo de la justicia social ha sido siempre el Estado, basado en el cobro de impuestos, algo sumamente injusto aun con los proporcionalismos actuales. La otra gran batalla que se plantea en el libro es la de la educación, donde un hipertitularismo y una educación basada en conocimientos inconexos entre sí, crea seres inconexos interiormente. Que no son capaces de entender su persona, su libertad, su responsabilidad, su interioridad, como un todo. De ahí las masas de adolescentes en celo pidiendo más libertad y negándose a asumir sus responsabilidades.

Si hay algo de lo que me enorgullezco en relación al papel que jugamos en el descubrimiento, conquista y sometimiento de los indios, fue la puesta en marcha de las misiones jesuíticas, que conformaron las sociedades más justas y que serían modelo de tantos distributistas. En parte estas comunidades estaban influenciadas por las comunidades tradicionales indígenas y por las ideas de un crisitianismo justo de los jesuitas, similar al de los primeros cristianos.

Todo lo demás (a excepción del papel juagado por la Iglesia en la conservación de las tradiciones indígenas y el desarrollo de centros de formación de la población) supone una enorme herida abierta que nos va a costar mucho cerrar.

La crítica a la Modernidad, que es el tema que desarrollaré en los próximos meses, supondrá una crítica a algo que creo se ha perdido, pero que aún estamos a tiempo de recuperar. Desde hace dos años considero que me he vuelto profundamente conservador de los modos de vida de la antigüedad, nos pasa a muchos historiadores, la diferencia es que yo espero corregir los errores del pasado proponiéndo la vuelta a algunos que convendría recordar ahora, en estos tiempos tan convulsos. De ahí vienen mi federalismo, mi propuesta de un Estado menos absorvente, menos gestor y más humano.

Creo que falta un punto clave en la sociedad moderna: el sentido de Justicia. Justicia no es aplicar leyes, justicia es dar a cada uno lo que le corresponde en función de sus actos y circunstancias, pero no sería una justicia cristiana sin misericordia.

Los que dicen que el Papa Francisco es moderno no saben lo que dicen. Francisco es profundamente justo, misericordioso y anticapitalista, es decir, un auténtico conservador. Y lo más importante, es latinoamericano y conoce muy bien el distributismo que la Teología de la Liberación quiso tergiversar con su burdo materialismo marxista.

Retomemos las buenas ideas del pasado para ayudar a la gente y despreciemos los caramelos envenenados de la modernidad y del capitalismo. Si otros han podido vivir de una forma tan justa ¿por qué nosotros no íbamos a poder?

Nos esperan tiempos convulsos, en los que se espera un cambio en muchas cosas. La tercera vía seguirá viva para aquel que quiera una sociedad más justa, pero tenemos que estar dispuestos a despojarnos del aburguesamiento en que nos ha sumido la modernidad.

PD: El libro del que hablo es “El despertar de la señorita Prim” de Natalia Sanmartín Fenollera.

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